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San Juan de los Panetes y su torre inclinada

La historia detrás de San Juan de los Panetes

La Iglesia de San Juan de los Panetes con su inconfundible torre inclinada es una de las estampas más fotografiadas y emblemáticas de la capital aragonesa. Situada estratégicamente entre las murallas romanas y la Fuente de la Hispanidad, esta iglesia no solo destaca por su arquitectura, sino por ser el último reducto de una orden militar legendaria y por poseer una torre que parece desafiar las leyes de la gravedad.

Un Legado de Caballeros y Hospitalarios

La historia de San Juan de los Panetes está intrínsecamente ligada a la Orden de San Juan de Jerusalén (también conocidos como los Hospitalarios o la Orden de Malta). Esta orden militar y religiosa, se creó, al igual que sus hermanas, la Orden de los Templarios y los del Santo Sepulcro, tras la conquista de Jerusalén en la primera cruzada. Esta sede se estableció en Zaragoza poco después de la conquista de la ciudad por Alfonso I el Batallador a inicios del siglo XII.

Originalmente, en este mismo solar existía una iglesia románica mucho más modesta, construida para servir a los caballeros que protegían a los peregrinos y cuidaban a los enfermos. Sin embargo, el edificio que contemplamos hoy es fruto de una reconstrucción total finalizada en 1725, bajo la dirección del arquitecto Andrea de la Riva. Su construcción marcó la transición del mudéjar tradicional hacia un barroco clasicista que buscaba dotar a la zona de una nueva dignidad monumental.

El Misterio de la Torre Inclinada

Sin duda, el elemento que más poderosamente llama la atención de cualquier paseante es su torre. Al igual que la famosa Torre de Pisa, la torre de San Juan de los Panetes presenta una inclinación notable hacia la plaza del Pilar.

Esta torre es un magnífico ejemplo de la pervivencia del arte mudéjar en pleno siglo XVIII. Aunque la iglesia es barroca, la torre se construyó siguiendo la tradición aragonesa del ladrillo, con una decoración geométrica sutil que recuerda a los grandes alminares de la época musulmana. Pero, ¿por qué está inclinada? La primera de las causas es su evidente cercanía al río Ebro que hace que el suelo sea inestable y propenso a filtraciones. Además, la cimentación es inestable ya que se cree que la torre se asienta parcialmente sobre restos de la antigua muralla romana o sobre cimientos que no soportaron el peso del ladrillo de manera uniforme. 

A pesar de su inclinación, la torre ha demostrado ser extremadamente sólida, resistiendo incluso reformas urbanísticas que implicaron la demolición de la famosa «Torre Nueva» de Zaragoza en el siglo XIX, que era la verdadera torre inclinada de la ciudad. Tras la desaparición de aquella, San Juan de los Panetes heredó el título honorífico de ser la «torre torcida» de Zaragoza.

¿Por qué «de los Panetes»?

El nombre de la iglesia es uno de los más curiosos del santoral zaragozano. El término «Panetes» hace referencia a una tradición caritativa que la Orden de San Juan mantuvo durante siglos. Cada 24 de junio, festividad de San Juan Bautista (patrón de la orden), los monjes repartían entre los pobres de la ciudad unos panecillos pequeños y bendecidos. Estos «panetes» no solo servían como alimento físico, sino que para el pueblo llano tenían un valor espiritual y protector. La tradición arraigó tanto en la memoria colectiva que el nombre oficial de la iglesia acabó cediendo ante el apelativo popular, que ha llegado intacto hasta nuestros días.

Un Interior Marcado por el Fuego y el Silencio

Al cruzar la portada barroca, el visitante se encuentra con una sorpresa: un interior de una sobriedad casi absoluta. Esta desnudez no es el diseño original del siglo XVIII, sino el resultado de uno de los episodios más tristes de la historia reciente de la ciudad. 

En 1935, poco antes del estallido de la Guerra Civil, la iglesia sufrió un pavoroso incendio provocado por disturbios sociales. Las llamas devoraron los magníficos retablos barrocos, las pinturas, las tallas de madera y gran parte del mobiliario litúrgico. Lo que hoy vemos es una restauración que optó por dejar las paredes blancas y las bóvedas limpias, resaltando la pureza de sus formas arquitectónicas. 

A pesar de la pérdida del tesoro artístico original, el interior posee una atmósfera de paz sobrecogedora. Las tres naves, separadas por pilares cruciformes, ofrecen una sensación de amplitud y orden que invita al recogimiento, lejos del bullicio turístico que a menudo inunda la plaza exterior.

El Contraste Arquitectónico

Uno de los aspectos más fascinantes de San Juan de los Panetes es su contexto urbanístico. Pocos lugares en Europa permiten ver en un solo vistazo una muralla romana del siglo III, un torreón musulmán del siglo XI (la Zuda) y una iglesia barroca del siglo XVIII.

La fachada de la iglesia es de una elegancia contenida. Destaca la hornacina con la imagen de San Juan Bautista sobre la puerta principal y la Cruz de Malta (la cruz de ocho puntas), símbolo inequívoco de la orden soberana que aún hoy mantiene vínculos simbólicos con el edificio. El contraste entre la piedra oscura de la base y el ladrillo rojizo de los cuerpos superiores es una lección visual sobre la evolución de los materiales de construcción en el valle del Ebro.

Un Monumento Nacional en el Corazón de la Ciudad

Declarada Monumento Nacional en 1933, la Iglesia de San Juan de los Panetes ha sabido adaptarse a los tiempos sin perder su esencia. Aunque ya no se reparten panetes de forma masiva y los caballeros con armadura han dado paso a los guías turísticos (los verdaderos héroes del siglo XXI), el edificio sigue cumpliendo su función de hito urbano.

Es el punto de encuentro para quienes inician su paseo por el Casco Histórico y el fondo de escenario perfecto para las celebraciones que tienen lugar en la Plaza del Pilar. Su silueta inclinada nos recuerda que la perfección no es necesaria para la belleza y que la historia, aunque a veces sea dolorosa como el fuego de 1935, siempre deja espacio para la reconstrucción y la esperanza.

Zaragoza no sería la misma sin ese «equilibrio inestable» de San Juan de los Panetes, un edificio que, a pesar de sus heridas y sus grados de inclinación, sigue manteniéndose firme como símbolo de la identidad aragonesa.

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