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San Valero en Zaragoza: El Patrón del Viento, el Silencio y el Roscón

La historia de San Valero

Zaragoza amanece cada 29 de enero bajo la promesa de un refrán que rara vez yerra: «San Valero, ventolero y rosconero«. En esta fecha, la ciudad no solo desafía las bajas temperaturas y el característico cierzo que barre el valle del Ebro, sino que se reafirma en su identidad. Para nosotros, en Paseicos, esta festividad trasciende la mera celebración popular; es una oportunidad para desenmarañar los hilos que conectan la Caesaraugusta romana con el esplendor del Barroco y las costumbres gastronómicas que hoy definen nuestra sociabilidad.

El obispo del silencio y la resistencia

La figura de San Valero, patrón de la ciudad, se erige sobre una paradoja fascinante: la de un líder espiritual cuya fuerza residía, precisamente, en su silencio. Perteneciente a la noble Gens Valeria, linaje de cónsules y dignatarios, Valero ocupó la sede episcopal de Zaragoza a principios del siglo IV. Sin embargo, las crónicas hagiográficas nos presentan a un hombre con una marcada dificultad en el habla, un impedimento que, lejos de amilanarlo, selló su destino y su santidad.

Durante las persecuciones de Diocleciano, este rasgo físico propició uno de los episodios más conmovedores de la tradición cristiana local. Al ser interrogado por el tribunal en Valencia, fue su joven diácono, Vicente, quien tomó la palabra con un verbo encendido para defender la fe de ambos. La historia dictó sentencias dispares: el martirio cruento para el joven Vicente y el destierro para el viejo obispo. Valero fue confinado en Enate, en el Somontano, convirtiéndose en un mártir incruento que falleció en el exilio, lejos de la ciudad que pastoreaba, pero dejando un legado de resistencia pacífica que Zaragoza nunca ha olvidado.

La liturgia del dulce: de las migajas medievales al roscón

Si la historia de Valero apela al espíritu, la tradición del roscón apela a la comunidad. Este rito gastronómico no es estático; ha evolucionado desde la antigüedad hasta nuestros días, acumulando capas de significado histórico.

El sustrato romano: El origen remoto se halla en las Saturnales romanas, fiestas invernales donde se consumían tortas redondas que ocultaban un haba. Quien la encontraba era nombrado «Rey del Banquete» (Rex Saturnalicius) por un día, invirtiendo efímeramente el orden social.

La transformación medieval: Durante la Edad Media, esta costumbre pagana no desapareció, sino que se cristianizó y adaptó a las nuevas estructuras sociales. En este periodo, surgió la tradición de que los nobles y las instituciones religiosas repartieran «migajas» o panes dulces a sus súbditos y a los más desfavorecidos durante las grandes festividades. San Valero, como festividad solemne en Zaragoza, servía de marco para esta caridad institucional. Lo que comenzó como un reparto de excedentes o panes sencillos evolucionó, gracias también a la herencia repostera musulmana conservada en los monasterios, hacia elaboraciones más refinadas. Con el tiempo, estas dádivas se transformaron en el bollo dulce y circular que conocemos hoy, consolidándose como un símbolo de comunión entre las diferentes clases sociales de la ciudad.

Hoy, la degustación del roscón (ahora de masa brioche y a menudo relleno de nata) mantiene intacto ese espíritu de celebración colectiva. Desde el reparto del roscón gigante en la Plaza del Pilar hasta las mesas familiares, el ritual persiste:

«Si te notas en la boca algo duro es que te ha tocado el haba, y el roscón pagarás. Si te toca la sorpresa, coronado y rey serás».

La gloria del Santo en los pinceles de Luzán

Para aquellos que deseen profundizar en la iconografía de nuestro patrón, existe una obra capital que a menudo pasa desapercibida y que en Paseicos reivindicamos. Nos referimos al lienzo conservado en el Museo de Zaragoza titulado San Valero, San Vicente Mártir, San Pedro Arbués y Santo Dominguito de Val, en la Gloria.

Esta obra, datada en 1757, es un boceto preparatorio de gran factura técnica realizado por José Luzán y Martínez, primer maestro de Francisco de Goya. El lienzo destaca por su ejecución libre, con «pinceladas grumosas y empastadas» que otorgan volumen a las figuras mediante tonos verdosos y grisáceos.

Este boceto tenía una función elevada: servir de modelo para las puertas de los armarios del tesoro de la Sacristía Mayor de la Seo, donde se custodiaban los bustos-relicarios de los santos representados, donados por el Papa Benedicto XIII (el Papa Luna). Así, el arte de Luzán servía de envoltorio visual para las reliquias más sagradas de la ciudad.

Una invitación a descubrir

El 29 de enero es, por tanto, una jornada donde convergen el viento, la caridad medieval hecha dulce y el arte barroco. Desde Paseicos, invitamos a locales y visitantes a trascender la superficie de la fiesta. Tras disfrutar del roscón, les animamos a redescubrir la ciudad: a buscar la huella de los Valerios en nuestras piedras y a admirar la maestría de Luzán en el museo. Porque conocer la historia de San Valero es comprender el alma resiliente de Zaragoza.